Javier Fernández Aguado: “El antídoto contra la revolución siempre es la creación de prosperidad”

cub_camaradasEste mes LID Editorial publica ¡Camaradas! De Lenin a hoy. El nuevo libro de Javier Fernández Aguado, director de la Cátedra de Management Fundación Bancaria la Caixa en IE Business School, lleva, además, prólogo de José María López Rodríguez, CEO de CEDERED, y epílogo de Marcos Urarte, CEO de Pharos. Se trata de la nueva entrega de una larga obra ensayística con la que su autor, uno de los más reconocidos expertos mundiales en management, analiza detalladamente los sistemas organizativos de civilizaciones y movimientos políticos. Entre otros títulos, hay que destacar El management del Tercer Reich (2014, Lid Editorial), Egipto, escuela de directivos (2013, Lid Editorial) o Roma, escuela de directivos (2012, Lid Editorial). En el caso de ¡Camaradas! De Lenin a hoy, cuyo lanzamiento coincide con el año en que se cumple el primer centenario de la revolución bolchevique, el objeto de análisis es una ideología que ha marcado el devenir del siglo XX y que ha marcado la vida de cientos de millones de personas. Por las páginas de este original ensayo desfilan figuras como Lenin, Stalin, Plejanov, Rádek, Kámenev o Mao, además de abordarse revoluciones como la cubana o el peculiar caso del Chile de Allende. No se trata estrictamente de un manual de historia –aunque en buena medida puede ser leído como tal-, sino de una perspicaz mirada sobre las organizaciones comunistas y sobre los paralelismos que en la práctica tienen con otras organizaciones en apariencia opuestas, como el nazismo. Estamos, en definitiva, ante una obra actual, pues todavía seguimos escuchando y viviendo los ecos del comunismo. La historia nunca pasa del todo, sino que, como un virus, simplemente muta.

Nos reunimos con Javier Fernández Aguado, cuya agenda es bastante compleja –se trata de un conferenciante mundialmente solicitado-, pocos días después de la muerte de Fidel Castro y pocos días antes del vigésimo quinto aniversario de la última vez en que se arrió la bandera de la Unión Soviética en el Kremlin. Charlamos a lo largo de un par de horas y abordamos cuestiones como la extraña fascinación que el comunismo sigue despertando entre algunos sectores de la sociedad o la tortuosa manera de actuar de muchos de sus líderes. Como siempre, la conversación es grata, fluida, plena de datos y rigor. Enrique Sueiro (IE Business School) tiene razón: Javier Fernández Aguado es un pensador tan profundo como amable. Algo que se se agradece en tiempos difusos, de ruido blanco, cuando todo parece que se tambalea. Pero tal vez, si se piensa bien, todos los tiempos, con mayor o menor intensidad, hayan sido así.

Tus libros siempre surgen de hacerte a ti mismo una pregunta y tratar de darle mediante la escritura una respuesta. ¿Cuál ha sido la pregunta que te ha llevado a escribir ¡Camaradas! De Lenin a hoy?

Una vez que había leído más de un centenar de libros sobre el tema, me pregunté cómo fue posible que una organización criminal tan perfecta como el comunismo se convirtiera durante casi un siglo en un referente para muy distintas personas de diversos enclaves del planeta. En lugar de haber sido enviado –usando la expresión de uno de sus más conocidos miembros- al basurero de la historia, el prestigio del comunismo se mantuvo intacto durante decenas años.  Eso me resultaba -¡y me resulta!- incomprensible.

De hecho, esa legitimidad del comunismo todavía persiste. No se le contempla con la misma dureza con la que se contempla al fascismo, por ejemplo.

Es prodigiosa esa supuesta superioridad moral. Se basa en una falacia de petición de principio: “La idea es buena. Luego lo que falla es su aplicación”. En realidad lo que falla es el fundamento antropológico. A nadie con dos dedos de frente se le ocurriría proponer que hay que volver a intentar el nazismo, pues la teoría era buena pero la práctica fue errada. Contra todo sentido común eso se repite con respecto al comunismo, de ahí que aún se le mire con buenos ojos, como si todos sus crímenes -millones de asesinatos- se debieran a la incompetencia o maldad de determinados dirigentes.

Hoy parece haber cierta nostalgia del comunismo, incluso entre gente que nació tras la caída de la Unión Soviético y que de hecho siempre ha vivido en sistemas que de facto son socialdemócratas. Por citar a Marx: “La tradición de todas las generaciones muertas oprime como una pesadilla el cerebro de los vivos”.

Quienes han sufrido los sistemas del llamado socialismo real lo explicarían así: “¿Es posible crear un país comunista? Sí, pero siempre que se viva en otro”. Hasta cierto punto es comprensible esa nostalgia. En el comunismo sucede algo que es relativamente frecuente: imponer límites a la baja, buscando el conformismo de la masa. El comunismo coarta inmisericordemente la libertad, a modo de un sacrificio impuesto del que al final, cuando el comunismo ya sea pleno, todos nos vamos presuntamente a beneficiar. Los comunistas intuyen que el ser humano es propenso al rencor, a la envidia, así que, basándose en esas emociones, diseñan una excusa para eliminar a todos aquellos que discrepan. Isaiah Berlin lo denunció en su discurso de Toronto, cuando le concedieron al doctorado Honoris Causa. Leo directamente sus palabras: “If you are truly convinced that there is some solution to all human problems, that one can conceive an ideal society which men can reach if only they do what is necessary to attain it, then you and your followers must believe that no price can be too high to pay in order to open the gates of such a paradise. Only the stupid and malevolent will resist once certain simple truths are put to them. Those who resist must be persuaded; if they cannot be persuaded, laws must be passed to restrain them; if that does not work, then coercion, if need be violence, will inevitably have to be used—if necessary, terror, slaughter”. Simplemente un dato, para corroborar las palabras de Berlin: Lenin ordenó más asesinatos en ocho meses que los zares durante los últimos ochenta años de imperio. Es decir, los depredadores que habían sustituido a los otros depredadores eran muchísimo peores.

“La incoherencia de todos los partidos comunistas del mundo hasta el momento es exactamente igual a la incoherencia de cualquier organización que promete hacer ingeniería social en defensa de los más débiles”

Esto nos lleva a una convicción terrible, plena de arrogancia moral y soberbia intelectual: creer que pueden existir sociedades perfectas y que da igual el precio que haya que pagar para llegar hasta ellas.

Al liberalismo le pasa algo parecido, si bien con otros métodos: cree que, si hay una libertad absoluta, la sociedad en el fondo será perfecta, como por arte de magia. Lo cierto es que debemos gestionar lo mejor posible esa imperfección, de la manera más justa posible, pero sin creer que podemos hacer sociedades en las que no haya desequilibrios. Bastantes críticas del comunismo hacia comportamientos que son manifiestamente injustos dentro del capitalismo son válidas. Lo que sucede es que, al plantear una solución en la que se privilegia la seguridad sobre la libertad, el individuo se convierte en un elemento anónimo de un sistema productivo planificado. A lo largo de ese proceso, en el que pronto se aplicarán la coerción y la violencia física, el comunismo acaba traicionando sus principios, pues, al vivir en un estado de conflicto permanente, crea una nomenklatura que sustituye a la oligarquía a la que ha denunciado. La incoherencia de todos los partidos comunistas del mundo hasta el momento es exactamente igual a la incoherencia de cualquier organización que promete hacer ingeniería social en defensa de los más débiles. Dicho de otro modo: la defensa del débil termina siendo la excusa o la palanca que unos pocos usan para trepar hacia el poder.

Es curioso, porque se suele aceptar que las dictaduras son sistemas que ofrecen seguridad, ya que son previsibles. Sin embargo, son los sistemas más arbitrarios y azarosos, pues las decisiones las toman unos pocos.

Entre otras razones, porque esos pocos acaban desarrollando un modo de actuar que justifica cualquier actuación, en este caso conseguir el paraíso en la tierra. Al igual que es incoherente y repulsivo que en la Iglesia haya sacerdotes que cometen delitos como la pederastia, también lo es que los mismos que pregonan la ayuda al débil en seguida se recompensen en seguida con todos los beneficios de las clases pudientes, como, por ejemplo, convertirse en unos intocables que sólo pueden ser juzgados entre ellos, lo que explica las dinámicas muchas veces demenciales, entre la paranoia y el arribismo, de las organizaciones comunistas.

Algunos pretenden ver al comunismo como un cristianismo 2.0. Sin embargo, el cristianismo, al menos en la teoría, pone al individuo como el centro del mundo. Para el comunismo, en cambio, ese centro se halla en la masa.

Además, el cristianismo, con sus limitaciones, predica el amor universal, mientras que el comunismo impone el odio de clase. Un proyecto nace del amor y otro del odio. Ni en sus proposiciones ni en su conceptualización antropológica tienen parecido alguno.

¿Cuándo empiezas a interesante por el comunismo?

Desde el punto de vista intelectual empezó hace muchos años, con la lectura de Marx o Lenin. Más tarde empecé a conocer las obras de autores que habían vivido directamente ese “experimento social”, como Evgenija Solomonovna Ginzburg, Voslensky o Aleksandr Solzhenitsyn. También me marcaron muchísimo las memorias de Arthur Koestler, que son una perfecta vacuna contra el comunismo. Es decir, me interesaban los testimonios de personas que habían vivido ese sistema. Muchas de ellas incluso habían sido comunistas, como Koestler o Ginzburg, que de hecho fue purgada precisamente por ser una buena comunista. Nunca cometemos errores, de Solzhenitsyn, me llevó a considerar el parecido que había entre el comunismo y ciertas organizaciones que entonces conocía vivencialmente o por motivos de trabajo y que nada tienen que ver con esa ideología.

Como es natural, en tu ensayo ocupa un lugar central la revolución del 1917. Fue un acontecimiento que marcó el siglo XX y cuyas consecuencias aún estamos viviendo.

Fue la imagen en el espejo de la revolución francesa y en parte también de la Comuna, como explicó Lenin. Los bolcheviques querían acabar con un sistema que consideraban perverso y que en efecto lo era. Para ello tuvieron suerte, además de determinación. Toda revolución acaece en condiciones límite, como las hambrunas, como acaeció en Francia durante los años previos a 1789. En el caso ruso la revolución también es fruto del hambre, provocada en parte por una guerra mundial en la que las tropas rusas eran llevadas al matadero. “Pan y Paz,” vociferaban los bolcheviques. Así que esa revolución es el intento de llegar a la desesperada a un mundo mejor. Por eso el antídoto contra la revolución siempre es la creación de prosperidad, es decir, de una clase media que proporcione estabilidad a la sociedad. De ahí el odio de Lenin a la intelligentsia rusa, que pretendía solucionar las necesidades de la gente desde una perspectiva liberal. Para él ese era su gran enemigo, al que llamaba literalmente “la mierda de Rusia”. Lenin anhelaba crear una nueva clase social en la que, fruto de la inevitabilidad histórica, el individuo no contase, sino que sólo lo hiciera la masa, dirigida por el partido. Es decir, por él. Me gusta decir que el líder sabe contar hasta uno, pero el manipulador cuenta hasta el infinito. Lenin fue un manipulador tan hábil como despiadado, consagrado a su propio dogma. Tan sólo hay recordar sus telegramas durante el Terror Rojo pidiendo que se fusile y se cuelgue y que además se haga públicamente para que nadie se atreva a rebelarse contra el sistema. Es decir, contra él. Resulta tan terrible como incoherente.

Los comunistas suelen argüir que en 1918 se hallaban haciendo una revolución seriamente amenazada, con tropas estadounidenses y británicas en Arkángel y Vladivostok que apoyaban a Aleksandr Kolchak y con tropas francesas en Odesa que prestaban apoyo a Anton Denikin, por ejemplo. A eso hay que sumar sabotajes en la industria o en el ejército y atentados como el de Fanny Kaplan contra Lenin. Todo aquello desembocó en una guerra civil brutal contra los rusos blancos. ¿Era inevitable no “poder ser amables”, como decía el poema de Bertolt Brecht?

La intervención extranjera trató de apoyar lo poco que quedaba de libertad, pero los blancos no estaban precisamente por crear una democracia en Rusia. El carácter criminal del comunismo no tiene nada que ver con esa situación. Acabo de leer un libro sobre los crímenes franquistas en el País Vasco, donde se produjeron miles de asesinatos que en su día fueron justificados por razones parecidas y que son igual de atroces que los ejecutados por los republicanos. En el fondo, son los mismos perros pero con diferentes collares, pues son sistemas totalitarios. La descripción que Goebbels hace del comunismo es la misma que Stalin podría haber hecho del nazismo. En ambos casos el objetivo era enquistarse en el poder, sin importar los medios.

“Sólo la ignorancia puede justificar que haya personas que crean el comunismo es una buena alternativa. Pero juega a su favor  el comportamiento nefasto de bastantes capitalistas, que llevan la libertad económica hasta niveles de explotación que resultan indignantes”

Ambos son proyectos totalitarios, según comprendió George Orwell. Sin embargo, desde un visto teórico, el nazismo es racista y nacionalista. El comunismo, en cambio, es internacionalista y no hace distinción de razas. No se persigue alguien por su condición, que no se puede cambiar, sino por su categoría, que sí se puede. Además, el nazismo no trata de transformar la propiedad de los medios de producción, como demuestran el ejemplo –entre otros muchos- de la Krupp, que siguió trabajando en el Tercer Reich.

Tienen alguna distinción teórica, de acuerdo, pero son inquietantemente parecidos en su realidad. El nazismo plantea algo parecido a lo que acabó siendo el comunismo: la creación de un país fuerte, económicamente sólido, en el que se ofrece seguridad al pueblo. Y en el fondo, el judaísmo representa para el nazismo un poder de clase que también hay que tumbar. No en vano a los nazis se les veía en su día como revolucionarios. El comunismo ejecuta algo similar, si bien las empresas pasan a ser estatales. Los kulaks no dejan de sufrir una persecución que ofrece no pocos paralelismos con que los nazis llevaron a cabo con los judíos. En este sentido, José Antonio Primo de Rivera desarrollaba un discurso casi comunista, vagamente influenciado por el catolicismo, pero igual de autoritario y de despiadado que el de sus enemigos. El comunismo ha sabido jugar mejor con la propaganda y su idea ha sido comprada por muchísima gente. En libros como El mito bolchevique, del anarquista Alexander Berkman –alguien bastante poco sospechoso-, uno descubre que el totalitarismo, tenga el color que tenga, es tan parecido que al final resulta indistinguible. Sólo la ignorancia puede justificar que haya personas que crean el comunismo es una buena alternativa. Pero juega a su favor el comportamiento nefasto de bastantes capitalistas, que llevan la libertad económica hasta niveles de explotación que resultan indignantes.

El otro dirigente clave de la revolución bolchevique es Trotsky.

Es una figura fascinante, tal vez porque lo tuvo todo y lo perdió todo, lo que le hace muy literario, como demuestra esa interesante novela que es El hombre que amaba a los perros, de Leonardo Padura. En los muchos viajes que he hecho a México siempre que he podido he visitado la que fuera su última casa. Trotsky fue víctima del sistema que construyó. Si en cualquier organización es raro encontrarse con un poder compartido, en el comunismo, dada la radicalidad del sistema en su marcha hacia la conquista y sobre todo en la consolidación del poder, exige que al final haya un dictador y que todo aquel que aspire a ese mismo poder acabe siendo eliminado.

A Trotsky se le suele ver, especialmente desde el punto de vista de sus acólitos, como el leninista puro. Se dice que Stalin en realidad traicionó el ideal leninista y que fue “el sepulturero de la revolución”. Sin embargo, tras leer la obra de Lenin y analizar sus decisiones en el gobierno bolchevique, el comportamiento de Stalin en el poder lleva a pensar que es el mejor y más perfecto heredero de Lenin.

Lenin es el creador de maquinaria de terror. Y Stalin lleva su funcionamiento hasta un extremo aún más atroz. Esa distinción entre el Lenin bueno y el Stalin malo es falsa, si bien es cierto que Lenin alertó en su testamento de autoritarismo de Stalin, no muy distinto al suyo. Pero en esta historia no había buenos o malos. Las memorias de Jruschov, que ha pasado a la historia como un comunista más o menos bueno, son impresionantes para comprender esa manera de pensar. Jruschov fue un colaborador necesario de Stalin, al que cargó con unos cuantos de sus muertos en el Discurso Secreto, que, por cierto, incluyo en el libro. Y aun así siguió realizando sus purgas, como la de Laurent Beria. Las páginas de sus memorias en las que describe la construcción del Muro de Berlín son de una paranoia intelectual notable, que define a la perfección su mentalidad comunista. Es la aplicación de la ingeniería social cueste lo que cueste, sin contemplaciones.

Lenin establece un modelo de partido esencialmente militarista, que a lo largo del siglo XX se repite no sólo en las organizaciones comunistas, sino a menudo también en las liberales. E incluso en las empresariales. Es decir, el centralismo democrático, un poder que en realidad es vertical, muy rígido, de militantes obedientes que, una vez tomadas las decisiones dentro de un grupo reducido que se encuentra en la cúspide de la organización, jamás cuestionan las órdenes. A la larga eso supone irremediablemente la creación, a través de la burocracia, de esa “nueva clase” de la que hablara Milovan Djilas.

Resulta interesante que Lenin y Hitler pusieran de modelo de sus partidos a los jesuitas. Hitler llamaba a Himmler su “pequeño Ignacio de Loyola”. Y Lenin dice que la revolución hubiera sido más eficaz si hubiera contado con un pequeño grupo de jesuitas. Entendían mal las propuestas de la Compañía de Jesús. Tato Lenin como Hitler aspiraban a disponer de seguidores que no pensasen. Bien diferente era el proyecto de Ignacio de Loyola, como la historia demuestra. En este sentido, entre las muchas falsedades que se difunden, se halla la afirmación de que las empresas actuales buscan atraer y desarrollar talento. En la mayoría de los casos es mentira. Lo que se quiere es atraer y retener a individuos que hagan exactamente lo que diga el jefe.  Es decir, obediencia ciega y lealtad incondicional. En una empresa no se llega al fusilamiento, pero sí al despido. Dicho de otro modo, la dinámica conceptual es la misma: la del sometimiento del individuo a la organización, que es la excusa que pone quien en ese momento preciso gobierna. En no pocas ocasiones, quien llega a la máxima altura en una organización oculta un dictador, con formas más blandas o más duras. Excepcionalmente hay líderes que no actúan mediante la imposición, sino mediante la solicitud o el interés del proyecto. Podría decirse, medio en broma medio en serio, que en no pocas organizaciones contemporáneas hay muchos leninistas que no saben que lo son…

“El mayor enemigo de estas organizaciones es el disidente, que se sabe la cartilla, pero ya no se la traga. Quien conoce por dentro la organización y ha salido de ella ya no puede ser engañado”

En tu libro hablas de un aspecto muy interesante del comunismo. Como otras organizaciones –por ejemplo, las religiosas-, entrega una “cartilla” que no sólo incluye lo que se debe decir para atraer a nuevos fieles, sino que también da cuenta de lo que van a replicar quienes están en contra de la organización.  

Es un elemento de defensa fundamental. Te proporcionan la medicina y el antídoto a la vez, se podría decir. Como te anticipan las críticas ajenas, te consolidan en la creencia: “En efecto, ha sido tal y como me habían dicho, así que están contando la verdad”. Por esa razón el mayor enemigo de estas organizaciones es el disidente, que se sabe la cartilla, pero ya no se la traga. Quien conoce por dentro la organización y ha salido de ella ya no puede ser engañado. Se ha convertido en alguien que ha dicho no, en ese hombre rebelde del que hablaba Albert Camus. Y por eso es peligrosísimo y debe ser eliminado. Koestler es un buen ejemplo. Algo de eso he experimentado yo en otras organizaciones y algún día, si es oportuno, lo contaré. Quizá por eso empatizo tan profundamente con Koestler, Berkman, Michael Voslensky, Ginzburg u Orwell.

Tras la muerte de Lenin, Stalin se hace con el poder del partido en unos pocos años. Sin duda es la figura central del comunismo durante el siglo XX.

Va creciendo de forma silenciosa, sibilina, ofreciendo una imagen de moderado, de centrista y equilibrado, que usa a su favor dentro del partido para eliminar a sus enemigos y para colocar no a sus amigos, sino a sus fieles. En su día me impresionó la lectura de Los hijos del Arbat, la novela de Anatoli Rybakov, que narra el delirante clima del ascenso de Stalin -es uno de los personajes de la novela, de hecho- al poder. En el peor sentido de la palabra, era un gran político, es decir, alguien que sabe situarse en el lugar más adecuado en el momento justo, siempre con el objetivo de dejar atrás a sus rivales. La necesidad del poder humano es inmensa. Y cuando alguien no dispone de referentes éticos o religiosos el poder se convierte en un afrodisíaco. Stalin lo vivió así.

El asesinato de Trotsky, exiliado en México y prácticamente irrelevante, demuestra que Stalin todavía se tomaba muy en serio a su gran enemigo. No cesó hasta eliminarlo.

Stalin es un buen modelo de lo que mucha gente querría pero no puede hacer. Pero él lo hace sin cortarse un pelo: se quita de en medio a todo el que discrepa, sin compasión alguna, con una facilidad espantosa. Es sólo personal: él contra el mundo. Era muy astuto. Stalin era un maestro en manejar a las corrientes internas de su partido y al final salir ganando él, tras dividirlas y dejarlas finalmente en la intemperie, donde las golpeaba hasta hacerlas desparecer, sin que se pudieran apoyar entre sí.

“Stalin tenía unos objetivos y fue a por ellos sin escrúpulo alguno, sabiendo jugar sus cartas. Ahora bien, no creo que hubiera habido grandes diferencias en el caso de que hubiera ganado Trotsky, que era tan feroz como Stalin, como demostró durante la Guerra Civil”

La victoria de Stalin sobre Trotsky también es interesante a la hora de analizar las dinámicas de organizaciones. Trotsky es el héroe de la revolución, el intelectual brillante y el político magnético. Incluso da mucho mejor en las fotos que Stalin. Sin embargo, es derrotado.

Como buen intelectual, Trotsky era más jactancioso, más arrogante. Infravaloró a su rival. Stalin, en cambio, sabía jugar calladamente, entre bambalinas, sin menospreciar de los méritos de sus enemigos. Y tenía una cualidad muy buena para sus fines: una paciencia casi oriental, que al final, cuando ya tuvo el poder pleno, acabó derivando en todo lo contrario, en una impulsividad paranoica. Stalin tenía unos objetivos y fue a por ellos sin escrúpulo alguno, sabiendo jugar sus cartas. Ahora bien, no creo que hubiera habido grandes diferencias en el caso de que hubiera ganado Trotsky, que era tan feroz como Stalin, como demostró durante la Guerra Civil. Los fusilados hubieran sido otros, pero el número hubiera sido semejante. Y el piolet habría acabado en la cabeza de Stalin…

En 1956, tras darse a conocer el Discurso Secreto durante el XX Congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética y la represión de las revueltas en Hungría, el comunismo occidental pierde atractivo, sobre todo entre los más jóvenes, que, en cambio, empiezan a fascinarse poco a poco con el maoísmo. Las universidades occidentales se llenan de prochinos hasta bien entrados los setenta, sin que casi nadie –Simon Leys y pocos más- lo denuncie.

China es un mundo más cerrado. Hay que contar con la fascinación que oriente ha provocado siempre en occidente. A eso hay que sumar que Mao era un gran propagandista, como dejó claro en su Libro Rojo, que fue leído y memorizado por no pocos estudiantes occidentales. La realidad es que Mao acabó siendo como Stalin, pero multiplicado por mil. En su caso, las extravagancias, las locuras y la falta de escrúpulos las hereda de su abuelo y de su padre, propietarios que maltrataban a su gente y en los que él se inspira para gobernar un país. Mao es el mayor asesino de la historia. Sus comportamientos no son sólo dictatoriales, sino que son extravagantes y en muchas ocasiones repulsivos desde cualquier punto de vista. Además, como Stalin, supo ir cambiando a sus peones para que nadie sintiera la tentación de sustituirle. Depuró hasta extremos nunca vistos la manera de actuar de las organizaciones comunistas.

Otra revolución que acabó siendo parte de la educación sentimental de muchos “inocentes” –por usar el término de Willi Münzenberg- fue la cubana, cuyo líder, Fidel Castro–uno de los últimos referentes, tal vez más sentimental que ideológico, del comunismo-, acaba de morir, lo que quizá suponga el verdadero final del siglo XX.

Tengo muchos amigos cubanos. Algunos aún viven en la isla y nos carteamos. Cuando hablas con cubanos no inficionados, es decir, con gente que no pertenece a la nomenklatura o a la casta del estado, entiendes a la perfección lo que pasa, el desastre que en todos los sentidos es Cuba, un lugar que parece haberse quedado ajeno al paso del tiempo. Recuerdo, asimismo, haber leído Contra toda esperanza, de Armando Valladares, al tiempo que leía Ese dolor lacerante de la libertad, de Vladimir Bukovsky, donde su autor, por cierto, descubre en Holanda una insolidaridad muy parecida a la de la Unión Soviética, al igual que Reinaldo Arenas se queja en sus escritos de la insolidaridad que encontró en Estados Unidos tras salir de Cuba. Pero aún así era preferible esa imperfecta libertad a la falsa seguridad de las dictaduras de las que habían escapado. El número de chistes que hay sobre el régimen y en especial sobre el recientemente fallecido Fidel Castro habla muy bien de la fragilidad conceptual de un país derruido, en el que casi nadie se traga la propaganda del sistema.

“El comunismo pretende pinchar todas las bicicletas en la línea de salida, es decir, destrozar talento y hundir a todo aquel que quiere destacar. Eso no significa que haya que aceptar todo lo que hace el liberalismo como bueno. Pero la alternativa no puede ser el infierno en la tierra”

Con la muerte de Fidel Castro se ha hablado de los mínimos que ha ofrecido la revolución a los habitantes de la isla, como la sanidad o la educación. Y de nuevo hay quienes, desde occidente y aprovechando la crisis que vivimos, los ha reivindicado como el camino a seguir para lograr un mundo mejor.

En los años noventa viajé mucho por antiguos países comunistas con ocasión de una escuela de negocios que promoví en países como la República Checa o Hungría. Había gente que añoraba ese igualitarismo. Recuerdo mis conversaciones con una profesora de la universidad de Praga que había sido perseguida por el comunismo. La mayoría, nostálgicos o no, te decía que antes estaban todos hechos un desastre, pero ahora, en cambio, unos estaban bien y otros mal, lo que resultaba aún más injusto. O todos o ninguno. Lo que en verdad ocurría es que esa situación generaba envidia, que es lo que llevaba a añorar la situación anterior. Por poner un ejemplo mundano, no se reflexionaba si el que tenía un coche de alta gama lo tenía por méritos o no. La envidia es ciega y demoledora. Cuando hay libertad, uno va a ir más rápido que otros, eso es evidente. No todos somos iguales, aunque sí debamos tener los mismos derechos y las mismas oportunidades. El comunismo pretende pinchar todas las bicicletas en la línea de salida, es decir, destrozar talento y hundir a todo aquel que quiere destacar. Eso no significa que haya que aceptar todo lo que hace el liberalismo como bueno. Pero la alternativa no puede ser el infierno en la tierra.

Ahora bien, el miedo al comunismo moderó al liberalismo, que hubo de asumir programas más sociales para, por ejemplo, evitar que la extrema izquierda alcanzara el poder en sus países.

También gracias al cristianismo y a otras personas de buena voluntad se han ido creando ciertas modalidades de protección social. Pero justo es decirlo, sí: la inspiración a veces ha llegado desde el comunismo, pues sus condenas no están siempre equivocadas, como ya he explicado. Lo que no es aceptable es que esa crítica deba llevar a una dictadura brutal que sólo va engendrar pobreza y muerte. Mao aseguraba que no importaba matar a tres cuartas de la población mundial, pues el cuarto que quede sería comunista. Y decía, a propósito de la Guerra de Corea, que tenía más soldados que los americanos balas. Eso explica una manera de pensar inhumana, que nadie sensato debería aceptar.

“El populismo no va a defender a un pueblo, sino que va a ser el vehículo de un grupo para escalar hacia el poder y perpetuarse en él”.

Tras la caída del llamado socialismo real en los países del Este, el comunismo ha mutado, reinventando en algunos casos su discurso, por ejemplo a través de la obra de Toni Negri o Ernesto Laclau. Incluso Antonio Gramsci -uno de los teóricos más atractivos e inteligentes del marxismo- vuelve a ser leído. ¿Es previsible que el comunismo sea tan poderoso como lo fue durante el siglo pasado?

Dudo mucho que, aparte del peculiar caso chino, vuelva a tener esa fuerza. Hoy en día esos movimientos populistas son oportunistas y voluntaristas, por decirlo de un modo marxista. Lo que pretenden esos movimientos, que no son estrictamente comunistas, es llegar al poder construyendo unos relatos con los que, a través de la demonización de lo que se da en llamar casta, se sienta identificada una población que está siendo castigada por la crisis. Es una estrategia perfecta para un mundo que resulta muchas veces incomprensible, pues nos encontramos en un mundo volátil, incierto, complejo y ambiguo. Las personas vivimos de relatos, muchas veces falsos, así que es normal que haya quien caiga en ellos, que por lo demás instrumentalizan indistintamente movimientos de izquierdas y de derechas. En las cúpulas de esos partidos populistas generalmente hay una codicia demoledora, en la que el único objetivo es llegar al poder y mantenerse en él, siempre con privilegios. El populismo no va a defender a un pueblo, sino que va a ser el vehículo de un grupo para escalar hacia el poder y perpetuarse en él, como en Venezuela. Además, muchas veces esos movimientos son criados por sus oponentes, como en el caso de España, donde la derecha ha permitido el crecimiento del populismo para así mantenerse el poder y erigirse en el último dique. Lo mismo pasó en Francia con el Frente Nacional, que fue impulsado indirectamente por Mitterrand para dividir a la derecha. Y al final, cuando uno saca toda la pasta del tubo de dentífrico, es imposible volver a meterla. Es jugar a aprendiz de brujo. Y eso es peligrosísimo.

El caso de Venezuela quizá sea el ejemplo más perfecto de ese populismo de izquierdas que asume formas comunistas -su retórica, por ejemplo- y que al final da como resultado democracias deterioradas, cuando no estados fallidos.

He estado en Venezuela diversas veces. Caracas está rodeada por barrios paupérrimos donde el chavismo, que ha proporcionado ciertas ventajas sociales a esa población, tiene su base de votantes, aunque se está reduciendo a toda velocidad. Recuerdo que el día que el Rey Emérito le mandó callar a Chávez, me encontraba yo en Isla Margarita, impartiendo una conferencia en un Congreso de Recursos Humanos. Hubo docenas de directivos que me felicitaron por las palabras de Juan Carlos I, pero uno me dijo que él no me iba a felicitar, pues era chavista. Le pedí que me explicitara por qué pensaba así. Me explicó que Chávez le había dado cuatro cosas: médicos que atendían gratuitamente a sus hijos, maestros que daban clases a sus hijos sin tener que pagarlos, un banco público que le había concedido un crédito para volver a empezar y, por último, la posibilidad de tener una casa en 24 horas, un proyecto que consistía en levantar casas prefabricadas en lugar de las viejas chabolas. Todo eso evidentemente está bien e incluso suena justo y necesario. ¿Pero al mismo tiempo se está creando riqueza para que sea sostenible? ¿Hay futuro en esos proyectos o son tan sólo una forma encubierta de caridad, al estilo de Evita Perón? En el caso de Venezuela era el petróleo el que permitía mantener esos servicios –por ejemplo, pagando en dólares los alimentos subvencionados-, sin que paralelamente se creara un tejido productivo. Una vez que, aparte de la corrupción rampante de los chavistas, cayó el precio del petróleo, todo se vino abajo.

“En la medida en que haya prosperidad, el populismo se irá diluyendo y quedará tan solo un reducto de fanatizados por el radicalismo”.

En cualquier caso, el sistema capitalista tendría que replantearse algunas cosas, por su propia supervivencia. Cuando, a través decisiones económicas o sociales que tienen poca o ninguna justificación , se está abriendo la puerta de la ciudad a los bárbaros, no vale con llevarse las manos a la cabeza mientras los bárbaros arrasan a su paso todas las calles. 

El sistema ha generado una desigualdad tan grande que mucha gente está dispuesta a apostar por indigentes intelectuales que les prometen el paraíso, en el caso del populismo echando la culpa a un grupo concreto al que llaman casta y que es el origen de todos los males, verdaderos o no. En una situación de crisis, la gente que está dispuesta a hacer lo que sea para salir adelante aumenta. En España la situación es distinta, pues tenemos un sistema social, probablemente bastante mejorable, que de algún modo impide que lleguemos a esa situación. En la medida en que haya prosperidad, el populismo se irá diluyendo y quedará tan solo un reducto de fanatizados por el radicalismo. Personalmente, a través de mi trabajo con modelos organizativos, intento también crear un pequeño mundo que sea un poco mejor, más humano. Todos debemos ser conscientes de nuestra responsabilidad. Esperemos que sea así y que no volvamos a caer en los errores del siglo pasado. Porque nos va la vida en ello. Literalmente.

¿Este libro será polémico?

No lo espero. Explicito datos contrastados. Parto del principio de que las motivaciones que generaron el comunismo pueden ser en determinados casos bondadosas, pero sus ideas y resultados no lo son. Este libro se dirige a mi público natural, que son personas, algunos directivos y otros no, con intereses culturales. Ha sido un ejercicio intelectual, en el que detallo negro sobre blanco que el comunismo -en base también a todas las experiencias prácticas conocidas- carece de legitimidad moral y que defenderlo a estas alturas es tan sólo fruto de la ignorancia. Mi lema sigue siendo: “Piensa lo que quieras, pero piensa”. Creo en las personas, no en las masas informes y fácilmente manipulables. Si algunos prefieren emplear la cabeza para embestir en vez de para analizar y reflexionar, tienen un problema. Que cada lector saque sus conclusiones. Después de todo, no pretendo convencer de nada a nadie, pues no soy comunista…

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