Enrique Sueiro: “La realidad es mucho más amplia y rica que nuestras opiniones”

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Enrique Sueiro. Foto: Javier Valeiro.

Enrique Sueiro es doctor en Comunicación, director ejecutivo del Programa de Dirección en Comunicación Corporativa y Management del IE Business School, vocal de la Junta Directiva de Dircom -Asociación de Directivos de Comunicación- y director general de TopTen Management Spain. Asesor de miles de profesionales del ámbito empresarial o científico en materia de comunicación, ha sido Premio Speaker 2013 de Manager Fórum. También ha ocupado el cargo director de Comunicación del Centro de Investigación Médica Aplicada y del Centro de Investigación Biomédica en Red de Enfermedades Respiratorias, dependiente del Ministerio de Ciencia e Innovación. Y ahí no queda la cosa: ha sido director de Comunicación Interna y de Comunicación Científica en la Universidad de Navarra, profesor del Máster de Periodismo Sanitario de la Universidad Complutense de Madrid y de Fundamentos de la Comunicación Humana en la Universitat Internacional de Catalunya. Con experiencia formativa en Estados Unidos –sobre todo en el sector de la comunicación médica–, recientemente ha ejercido como profesor del Diploma en Comunicación y Salud en la Universidad de Antioquia, en Medellín, Colombia. Firma habitual en El País y en otros medios, es autor de Comunicar o no ser, cuyo título define bastante bien la comunicación en este siglo que aún no acaba de arrancar del todo.

Nos reunimos en una de las sedes que tiene el IE Business School en Madrid, en una zona noble de Madrid, cerca de la Residencia de Estudiantes y del CSIC, lo que provoca una vaga melancolía de lo que pudo ser y no fue, como pasa con ciertas exnovias al encontrárnoslas en las madrugadas más inquietas. El día es soleado, con la primavera haciendo de las suyas en los brotes de los árboles y en el largo de las faldas. Huele a hierba recién cortada. Desde la sala de estudio en que nos encontramos se puede ver a estudiantes que cruzan rápidamente el jardín, cargados de apuntes y de incertidumbres. Dan ganas de citar en voz en grito al il poverello d’Assisi: “Laudato si’, mi’ Signore, per sora nostra matre Terra, la quale ne sustenta et governa, et produce diversi fructi con coloriti flori et herba”. Esta tarde, en fin, el mundo parece bien hecho, algo que probablemente firmaría el propio Enrique Sueiro, que ha leído a Leibniz, pero también a Voltaire, de manera que no cae en la tentación panglossiana, siempre tan mullida. Durante la entrevista, a menudo, tras desmenuzar lentamente cada pregunta, se detiene a pensar lo que va a decir. Y lo hace con entusiasmo, sin parar de gesticular, mediante un discurso equilibrado, amable y tranquilo, que crea confianza y que trata de acoger a su interlocutor, de hacerle partícipe en todo momento de sus inquietudes. 

¿Existen diferencias entre el comunicador y el orador?

Mira, en esta disyuntiva, que no es nueva, me quedo con Quintiliano, que sostenía algo que viene muy bien a quienes hablamos en público, seamos comunicadores u oradores, si es que tal distinción existe. Decía algo así como que no trates de ser mejor orador que persona, porque el público se dará cuenta en seguida. Y venía a concluir que el buen orador, el buen comunicador, es una buena persona que, en definitiva, habla bien.

Es decir, que existe una trascendencia ética.

Exacto, como en todos los aspectos de la vida. En el caso de la comunicación, uno puede ser una persona que hable muy bien, pero que, por ejemplo, trasmita un discurso al que le falte fondo, ya sea por ignorancia o por malevolencia.

Se ve bien en la política actual, aunque siempre ha sido así…

En efecto, en ella, donde la ética se convierte en moral, a veces sucede algo parecido: hay gente que habla bien, pero en el fondo no cuenta gran cosa, por diversas razones. Por lo tanto, es fácil: la comunicación tiene que ver con tener algo que contar y contarlo bien.

De manera que la forma y el fondo no pueden ir por separado,

Porque la forma es parte del fondo y viceversa. Hace poco lo pensaba a propósito de ciertos mensajes de la política: algo que es bueno, pero suena rancio, ya parece menos bueno.

¿Por qué?

Muchas veces eso ocurre porque los portavoces no son los adecuados. Y no lo son porque ellos no pueden encarnar su mensaje. En ese sentido, el Papa Francisco se pone de ejemplo de liderazgo en escuelas de negocios, pues encarna su mensaje.

“Es más interesante la evolución que la revolución. O sea es preferible un cambio por reflexión y no por explosión”

Haré de abogado del diablo, o promotor de la justicia, que es como se llama ahora en la Iglesia esa figura: Francisco encarna el mensaje, de acuerdo, pero quizá no encarne tanto la realidad de la institución que representa.  

Es que ten en cuenta que en las organizaciones los cambios auténticamente importantes se hacen despacio. Si eso pasa necesariamente en algunas que no tienen dos mil años… Es más interesante la evolución que la revolución. O sea es preferible un cambio por reflexión y no por explosión, digamos.

Un cambio gradual, vale.

El tiempo es importante, además de necesario. Senge, en La danza del cambio, habla del biomanagement: lo ideal sería que en las organizaciones los cambios se dieran como en la biología, con crecimientos armónicos, nunca demasiado bruscos. Si algo que hemos plantado no crece, a veces es porque no hemos dejado que pase el tiempo suficiente. Y al mismo tiempo, algo que se ha ido marchitando también necesita su tiempo para volver a florecer.

¿Cómo planteas tus conferencias?

Sobre todo recordando el origen etimológico de la palabra comunicar, que viene del latín “comunicare”, una de cuyas acepciones es “compartir”. En el fondo, cada conferencia debe servir para compartir ideas, reflexiones y vivencias, propias y ajenas, que puedan ayudar a los demás.

Esa actitud implica que la conferencia sea algo vivo, que cambie continuamente, como pasa en la naturaleza con cualquier organismo que se adapta al medio…

Entre otras cosas, porque comunicar empieza por escuchar, es decir, por estar abierto a cambiar de opinión, tal y como plantea Covey en Los siete hábitos de la gente altamente eficiente. Antes de nada hay que comprender, pues sólo así después podremos ser comprendidos.

No es sencillo en un mundo donde la firmeza se confunde muy fácilmente con el dogmatismo y donde, antes que razonar, se cree.

Por eso es muy bueno escuchar a los demás no sólo para replicar, sino con la disposición de poder cambiar de opinión. Asimilar lo que estás escuchando puede servirnos para hacernos más ricos, pues se puede tratar de una idea que todavía no está interiorizada en mi paradigma. Si lo que me dices coincide con lo que ya sé y me reafirma, me sirve de bien poco…

Para lograr ese objetivo es siempre necesario abrir un turno de preguntas tras una conferencia, ¿no?

Sin duda. Te pondré un ejemplo. Hace poco he estado en Colombia, en Medellín. Y como suele ocurrir uno tiene muy claro lo que va a decir pero no sabe lo que le van a preguntar. Eso da un poco de vértigo, pero es necesario. En este caso una chica me preguntó por la importancia de la comunicación para restañar heridas en una sociedad como la colombiana, que ha sufrido una violencia muy intensa durante los últimos decenios.

¿Y qué le respondiste?

Según la escuchaba, pensaba que no sabía qué responder. Era una pregunta muy compleja como para tener la respuesta de manera inmediata. Le dije lo que se me ocurrió en ese momento, desde la modestia. Pero ese día crecí, pues me permitió después reflexionar largamente sobre su pregunta.

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En el XIII Congreso Peruano de Gestión de Personas, Lima, 2015

Creo que vivimos en un evidente momento de cambio. Por decirlo vulgarmente, ese cambio, tal y como ha sucedido a lo largo de la historia, arranca en lo generacional y acaba en lo político. ¿También se nota en la forma de comunicar?

Hace poco más de un año estuve en el acto de presentación del programa marco de Podemos, una de las formaciones políticas que en España protagoniza ese cambio. Sintonizo poco con su contenido, pero aprendo mucho de ellos. Hay cierta coherencia en su mensaje y lo saben comunicar de una manera novedosa, ajustada a los tiempos que corren.

En cierto modo, su aparición ha obligado a otros partidos a moverse. 

Sobre todo ha sido una señal de alerta para quienes creen que basta con gestionar y con hacer cosas, aunque se hagan muy bien. Pues no, claro que no, también hay que contarlas bien.

En un mundo que es información, donde todo ya se reduce a unos y ceros, es indispensable contar adecuadamente y crear un relato.

Y ellos tienen habilidad para mover y transmitir emociones. Les falta amabilidad y cierta profundidad en el discurso -no basta con localizar los síntomas de una enfermedad para curarla- y tal vez por ello empiezan a dar síntomas de agotamiento, ahora aún más evidentes.

Hay otro nuevo actor en la comunicación política española, que es Ciudadanos.

En su caso, en cambio, nadie se siente agredido, sino que en su discurso hay una invitación, además de muchas más proposiciones concretas, menos vagas.

“Me gusta la gente que desde la discrepancia no me agrede, sino que me respeta y por eso me anima a estar con ella. En otras palabras, hacer amable lo bueno”

¿Cuál es el estilo de comunicación que prefieres?

Me gusta la gente que desde la discrepancia no me agrede, sino que me respeta y por eso me anima a estar con ella. En otras palabras, hacer amable lo bueno. O por lo menos hacer llevadero lo que es doloroso para todos.

¿Por qué la llamada vieja política parece que no sabe comunicar?

Hay tres elementos importantes en la comunicación: datos, contexto y emociones. La política, como hasta ahora la hemos entendido en España, maneja bien los datos. Pero el contexto le falla, pues desdice su discurso con mucha facilidad. Y donde le queda aún todo un mundo para recorrer es en el de las emociones.

¿Pasa algo parecido en el mundo de los directivos españoles?

Históricamente ha habido un déficit a la hora de comunicar. En el caso de hablar en público es evidente. Pero poco a poco los directivos se van dando cuenta de la efectividad económica que tiene saber hablar bien. Es algo que, en definitiva, vende.

Tú formas en materia de comunicación a no pocos directivos.

Y antes de nada les recuerdo que para hablar bien hay que escuchar. Otros consejos tienen que ver sobre todo con practicar sin descanso. No tratar de agotar los temas, por ejemplo. Es mejor un minuto memorable que quince aburridísimos.

Aunque parece fácil, comunicar bien requiere mucha destreza.  

Tienes que prepararte intensamente. En la empresa, además, lo de menos es lo que dices, pues a la postre lo de más es lo que haces. Si tu minuto es glorioso y tu gente sabe que eso que cuentas es falso, no vas a ir muy lejos.

Esa mala imagen que se crea por una mala comunicación, por ejemplo a la hora de hablar de público, distorsiona algunos éxitos empresariales.

Sí, hay que recordar que tenemos unas empresas magníficas, que compiten exitosamente en los mercados más exigentes del mundo. Por lo general, esos problemas de proyección pública surgen dentro de las propias empresas. Drucker sostenía que más del sesenta por ciento de los problemas de las empresas son de comunicación. De hecho, incluía la comunicación entre las habilidades de un directivo. Eso lo escribió a mediados del siglo pasado y está claro a que Estados Unidos no le ha ido demasiado mal en el mundo de la empresa.

“Ahora hay muchos mensajes y no tanta comunicación como parece. Emitimos mucho y escuchamos menos. Abogo por el silencio fértil, que nada tiene que ver con el tóxico”

¿Hay, sin embargo, un exceso de información el mundo actual?

Vivimos en un momento de ruido. Tengo la intuición de que hace cinco siglos había bastante menos ruido. Ahora hay muchos mensajes y no tanta comunicación como parece. Emitimos mucho y escuchamos menos. Abogo por el silencio fértil, que nada tiene que ver con el tóxico.

¿Qué diferencias hay?

El fértil nos enseña a escucharnos a nosotros mismos para conocernos mejor, así que, una vez que he reflexionado, puedo transmitir algo con coherencia y consistencia. El tóxico, en cambio, es el que hurta una verdad que los demás deben conocer.

Hay quien confunde interesadamente esos silencios, me temo.

Cuando muchas veces se dice que un político es prudente, en realidad está usando ese silencio tóxico: no está hablando cuando tendría que hacerlo. En cualquier caso, conviene recordar que los idiomas son herramientas: sirven de poco si no hay algo que contar. A veces sobrevaloramos las herramientas o los canales. Y eso es un error.

Has trabajado en el mundo de la ciencia. ¿Qué has sacado de él?

Hice una tesis doctoral en comunicación médica. Y he formado en comunicación a científicos. Aprendí mucho. En la divulgación se trata de simplificar bien lo complejo. Y eso requiere comprender bien la complejidad que uno trata de simplificar. No es sencillo y requiere sobre todo de humildad, una virtud necesaria para cualquier intelectual.

Tan necesaria como difícil de encontrar.

Cuando estaba preparando la tesis, vi un programa en la televisión pública de Estados Unidos, la PBS, en el que Bill Moyers entrevistaba a un científico, y éste, ante una pregunta, contestó: “Really, I don´t know”. Un científico que decía que no sabía algo, vaya… Me pareció maravilloso. Otra cosa que aprendí de la ciencia es el concepto de la provisionalidad de las conclusiones.

Que desdice a quienes, como decíamos antes, creen.

Cuando se hace un hallazgo, puede surgir muchos años después otro que argumente lo contrario. Hay quien no lo entiende… Se trata de elasticidad mental: hay que estar abiertos. Esto no lo asumen los dogmáticos. Es una carencia intelectual que no tiene en cuenta que la realidad es mucho más amplia y rica que nuestras opiniones.

Esa actitud entronca con la mentalidad anglosajona.

Mi experiencia en Estados Unidos fue en departamentos de Comunicación de centros de investigación médica. Allí aprendí a tratar delicadamente ciertos asuntos, a ser muy cuidadoso con el uso del lenguaje. En el caso de la medicina, comunicas sobre temas a los que a la gente le va la vida en ellos, literalmente. Se requiere de una delicadeza y una sensibilidad entrañablemente humanas, aparte de necesarias.

¿El buen conferenciante necesita del sentido del humor?

Es intelectualmente saludable. Sobre todo reírse de uno mismo, que es lo más difícil. Esto tiene que ver con la gestión de percepciones, que son las que determinan los juicios que uno hace a partir de la realidad. Es decir, algo que hace gracia a uno no se lo hace a otro, por lo que hay que ser cuidadoso.

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En el IX Congreso del Foro Ecofin, Madrid, 2016

¿Hay una burbuja en el mundo de las conferencias?

Es fácil que haya burbujas, porque es fácil despegarse de la realidad. Humildad viene del latín, de humus, esto es, tierra fértil. La persona humilde tiene los pies en ella y es consciente de sus grandezas y sus limitaciones. En el mundo de las conferencias hay gente muy buena y otra que no lo es.

Quizá exista esa burbuja porque es más fácil hacerse conferenciante que cirujano vascular.

El factor diferencial entre los que merecen la pena y los que no es que lo que hayamos escuchado nos deje un poso. Hay que tener algo que decir, lo que a mi modo de ver está relacionado con la teoría de las tres plenitudes, de las que hablaba San Alberto Magno, allá por el siglo XIII.

¿En qué consiste?

Tenemos la plenitud del vaso. Hay personas “vaso”, que retienen y no dan. Luego está la plenitud del canal, que da pero no retiene. Por ello, lo mejor es la plenitud de la fuente, que genera, retiene y da. De mayor quiero ser hombre “fuente”, porque para mí las conferencias no son algo cuantitativo, sino cualitativo.

¿El conferenciante nace o se hace?

Es evidente que hay que tener algún tipo de predisposición. Pero, con independencia de que haya cualidades congénitas, se aprende muchísimo con el tiempo. En mi caso, ir a conferencias me ha servido de mucho…

¿Por ejemplo?

Sobre todo a estar muy a gusto con uno mismo, lo que da una tranquilidad notable, pues implica que se va a disfrutar contando. Eso produce mucha confianza y autenticidad, pues toda conferencia no deja ser una actuación, en la que hay que buscar un punto medio.

¿Qué más haces en tus conferencias?

En general, me gusta estar sin papeles –lo que requiere orden mental–, pues me da cierta desnudez: al mismo tiempo que me hace más vulnerable, también me permite tener cercanía con la gente que está escuchando. Lo ideal es tener las manos libres…

¿Cómo recibes las críticas?

Tener algún aliado entre el público para que después de la conferencia te haga una valoración se me antoja muy útil. Me gusta la crítica con cariño, que agradezco. Alguien que te haga ver que la conferencia era confusa o demasiado larga…Hay veces en que hablo muy deprisa y por entusiasmo abordo demasiados temas. Y se dice que cuando uno trata de agotar un tema lo único que consigue es agotar a la audiencia.

¿Cuáles han sido tus maestros?

Tendría que citar a Jesús Díaz, director de Comunicación de la Universidad de Navarra, mi primer jefe, del que he aprendido muchísimo. Otra persona ha sido mi director de tesis, el profesor Alfonso Nieto, que te sabe conducir y acompañar para poder llegar hacia donde deseas. Y luego está Javier Fernández Aguado, que me ha enseñado la importancia del estudio y la lectura permanentes.

Toda esa preparación, además, se puede y se debe aprovechar en las conferencias.

Procuro dedicar dos o tres horas diarias a la lectura. Libros de fondo, que aporten. A veces nos dejamos engañar por lo último, pensando que lo que salió ayer es mejor que lo que se publicó hace cuatrocientos años. Y también me alimentan las conversaciones con gente interesante. Tengo la suerte de tener muchos amigos y siempre procuro conocer gente nueva de otros ámbitos y escucharles para aprender.

“El mundo es estupendo, maravilloso. Y precisamente porque es estupendo es también doloroso. Es ingenuo obviarlo. Por eso hay que saber de él todo lo posible”

¿La curiosidad es una obligación?

Sin duda. Es vitalmente necesaria. El mundo es estupendo, maravilloso. Y precisamente porque es estupendo es también doloroso. Es ingenuo obviarlo. Por eso hay que saber de él todo lo posible. Aunque procuro tener ánimo y trasmitir entusiasmo, soy consciente de que hay gente que sufre mucho y trato de comprenderlo.

Esa actitud es fundamental en la comunicación médica.

Es el concepto de verdad soportable. La verdad es lo que nos da el conocimiento de la realidad y lo que nos hace libres, según la conocida frase de Juan. Esto no significa que uno tenga que decir toda la verdad, lo que sería agotador. Pero la consecuencia es que mentir prostituye la comunicación.

Es un difícil equilibro ese de hallar la verdad entre lo soportable y lo insoportable.

Soportable tiene que ver con la delicadeza humana. Se trata de hacer llevadero lo doloroso y que la verdad no aumente el dolor… También me interesa mucho pedir perdón, lo que no cambia el pasado pero sí el futuro. Todos tenemos ganas de futuro, de mejorar. La cultura de compartir, de entendernos aunque sostengamos distintas opiniones, sirve para crecer.

¿Nos ha faltado comprendernos y crecer juntos a los españoles y a los americanos?

Nosotros podríamos aprender en autenticidad y delicadeza de América. La gente está ávida de escuchar, predispuesta a aprender. En España somos más exigentes, por ejemplo a la hora de preguntar, donde a veces hay una predisposición más escéptica: “A ver éste qué me quiere vender”.

¿Hemos tratado con desdén a esa parte de América con la que compartimos idioma?

Sí, nos hemos equivocado al pensar que somos superiores. Se trata, como te decía antes, de crecer juntos. En el congreso de Medellín me resultó muy enriquecedor no sólo escuchar a los ponentes, sino sobre todo a los espectadores que hacían sus preguntas. Hay quien cree que por subirse a una tarima ya es más que quienes están abajo. Y es un error.

Entre otras cosas, porque el público se percata.

Y el mensaje, por excepcional que sea, no va a ir muy lejos. Por eso en América latina hay mucho que aprender. Escuchar, no interrumpir…

“Aristóteles o Montaigne no tenían Twitter. Mucho de lo que decimos ya estaba dicho. Hay que leer y repensar y reelaborar esos mensajes esenciales”

¿Hemos sobrevalorado a los conferenciantes anglosajones?

Claramente. Además, lo importante no lo hemos inventado ahora ni en este siglo: Aristóteles o Montaigne no tenían Twitter. Mucho de lo que decimos ya estaba dicho. Hay que leer y repensar y reelaborar esos mensajes esenciales. En el mundo anglosajón hay gente muy valiosa, qué duda cabe, pero no más que en el entorno hispano.

¿Qué consejos darías a un futuro conferenciante?

Que escuchara a los mejores, como Javier Fernández Aguado. Es la gente que sabe y que te ilusiona, porque siempre te dan más de lo que crees. Ya decía Chesterton que el agradecimiento es una de las más altas formas de pensamiento… Y otra cosa, no por obvia, menos importante: si queremos dar conferencias, viene bien empezar a hablar en público, aunque sea sólo haciendo un brindis con la familia. A veces lo más importante es lo más sencillo…

 

 

 

 

 

 

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